Macarons: unos pastelitos con mucho color

Seguramente alguna vez has visto en el escaparate de alguna pasteleria unos pasteles muy llamativos de varios colores y muy apetecibles, estos dulces son los llamados macarons.

El macaron es un pastelillo redondo, crujiente por fuera y blando por dentro, hecho con una pasta de almendras trituradas, azúcar y claras de huevo. Se presentan normalmente pegados de dos en dos mediante una pasta consistente.

Se suelen aromatizar con vainilla, café, chocolate, pistachos, avellanas y fresas tradicionalmente, aunque hoy es corriente que cada una las pastelerías especializadas ensayen e innoven constantemente con infinidad de aromas y sabores, tanto en la masa del macaron como en la del relleno, rosas, azahar, canela, azafrán, limón, etc.

Los macarons nacieron probablemente durante el siglo VIII en las cocinas de los monasterios venecianos. “Macarone” significa “pasta fina” en esta provincia.

Ocho siglos más tarde, llegaron a Francia en las maletas de Catherine de Médecis la gourmande, para la celebración de su matrimonio con el Duque de Orléans, futuro rey de Francia. Su impresionante armada de cocineros y pasteleros descubrieron a la corte un sinfín de preparaciones italianas desconocidas hasta entonces, entre ellas los macarons. Estos deliciosos pasteles se convirtieron rápidamente en especialidades regionales que las monjas elaboraban en algunos monasterios.

Cuando un decreto revolucionario en 1792 suprimió las congregaciones religiosas, dos hermanas del convento de las Dames du Saint-Sacrement encontraron refugio en casa de una familia de Nancy donde comenzaron a fabricar los macarons para venderlos en el mercado. Así fue como nacieron los Soeurs Macarons, más conocidos como Macarons de Nancy.

Fueron famosos también en otras ciudades como Montmorillon que tenían forma de corona ducal. También existen los Macarons de Reims, de Pau, d’Amiens, de Melun y los de Saint Émilion.

En París, fue Louis-Ernest Ladurée quien tuvo la genial idea de unirlos por parejas y rellenarlos con una ganache. El resultado es el que hoy vemos en muchísimas pastelerías de todo el mundo. Hoy en día en París los macarons son frecuentes en todas las pastelerías, siendo las más famosas la casa Laudrée y la de Pierre Hermé ,el conocido pastelero discípulo de Gastón Lenôtre, genio de genios y probablemente el mejor pastelero del mundo. Fueron pioneros en imprimir sus marcas y hacerlas sinónimo de calidad en este tipo de pasteles.

El colorido de los macarons en las vidrieras parisinas es muy llamativo y los sabores continuamente renovados, desde los clásicos de vainilla, café o chocolate a los más osados como almendras y jazmín, pistacho, rosas, lichees y frambuesas, o las versiones saladas como vinagre balsámico, chocolate con foie gras o avellanas y trufas.

Toda esta industria próspera sigue basándose en la combinación de tres ingredientes: claras de huevo, azúcar y polvo de almendras, formando un merengue que se distribuye en círculos sobre placa. El secreto mayor para hacer los macarons es dejar orear este merengue de almendras antes de hornearlos hasta que formen una capa seca en el exterior que impedirá que se deformen cuando se cocinan.

Una vez horneados y fríos los macarons se pueden unir de dos en dos con cualquier pasta de consistencia media (desde una ganache a una mermelada) y se dejan reposar para que los sabores se amalgamen y las texturas queden exactas (crujiente por fuera y tierno y húmedo por dentro) y conseguir que dentro de nuestras bocas se deshagan suavemente.

En España también se elaboran desde hace probablemente siglos llamándolos con el nombre de suspiros o suspiros de modistilla.

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